Las malas lenguas me llaman “Frau Dulenta” porque dicen que me creo alguien que no soy. En realidad es porque no me conocen. El caso es que es un buen apodo. Resulta que hasta los que quieren hacer el mal lo hacen bien sin querer y me regalan un pseudónimo estupendo. Así que he decidido utilizarlo a partir de ahora para mi pequeño espacio belunero.
Nací hace mucho mucho tiempo aquí en Berlín pero siendo aún joven me ficharon los de la Paramount y abandoné la metrópolis poco después de que llegara la gran crisis. Apenas volví a mi ciudad natal después de aquello.
En los periódicos dijeron que, tras muchos años de cine y escenario, morí en París, sola en mi apartamento. Pero no es cierto. Me reencarné y comencé una nueva vida lejos de todo el follón en el que se estaba convirtiendo Europa, ajena a lo que acontecía en el mundo. Mi vida anterior había sido demasiado complicada y necesitaba apartarme a un lugar recóndito, pacífico y amable. Lo encontré, lo disfruté, lo exprimí, lo amé… hasta que sentí una profunda
añoranza por Berlín. Completamente olvidada mi lengua materna y con una mano delante y otra detrás, me vine a probar suerte en el mundo del espectáculo. Haber sido una gran diva antaño me tenía que servir de algo. Me dijeron que aquí ahora los artistas se iban a vivir a Neukölln y así hice. Me compré unas gafas de pasta a juego con mi chistera y empecé a hacer contactos. Todos querían que actuara en sus locales, restaurantes, teatros… Pero a mi lo de pasar la gorra después de un show insuperable me parecía un despropósito.