Que nos gusta Berlín es un hecho. Por eso estamos todos aquí, disfrutamos de las ventajas de esta ciudad, su oferta cultural y lúdica, los precios bajos y otras bondades.
Pero a la hora de comer y una vez la cegadora luz de la comida internacional ha pasado a mejor vida, todos nos acordamos de nuestra madre patria, o madre propia, y la cocina de cuchareo de toda la vida. Como decididos independizados que somos, armados de buenas intenciones y de recetas conseguidas por teléfono, nos encaminamos al supermercado para aprovisionarnos. Ahí es cuando observamos con estupor, que fácilmente un tercio de nuestros ingredientes, o bien no los encuentras, o simplemente, no nos dan la satisfacción que nosotros esperamos (¿de verdad es esto nata para cocinar?).