La ola polar o el invierno de los cuerpos

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Tres de cada cuatro personas encuestadas afirmaron haber recibido ya la llamada: “¿Oye, estáis bien?”. Las madres menos abnegadas, los amigos olvidadizos, los abuelos que normalmente ahorran teléfono, todos vuelven alarmados sus ojos hacia nosotros dispuestos a iniciar la repatriación.
Yo, la verdad, al principio no entiendo la pregunta. Intento pensar un poco antes de responder. Entonces me dan el contexto, me explican que estaban viendo en la tele que en “Europa hay una tremenda Ola Polar”.
 
¡Ah claro...! La televisión española y su tema favorito tras la cuesta de enero: “La ola polar”. Yo pertenezco a la común especie de “desconectados en Berlín”. Me desintoxiqué de la televisión cuando llegué aquí (llevo más de dos años sin consumir) y me había olvidado de este tipo de fenómenos mediáticos, la confusión y la angustia como dinámica popular.
 
En cuanto confirmo que el abastecimiento de luz, agua y gas sigue inalterado, pierdo la audiencia. Tratar de explicar el lento y sostenido proceso de deterioro personal del invierno en Berlín es como “la soledad del corredor de fondo”, agota la curva atencional del español medio.
 
¿Pero es que lo urgente nunca deja espacio para lo importante? Vosotros (darf ich duzen?), queridos berluneses, viajáis todos en el mismo barco. Su nombre es “52º31' latitud norte”. Quizás vosotros SÍ queráis dedicar unos instantes mentales a comprender qué hacemos cuando aceptamos el órdago de un invierno en Berlín. Pretendo que con ello os sobrevengan las claves para ganar el envite.
 
La falta de luz
No es necesario ser fisiólogo para sentir en carne propia cómo influye la falta de luz. La disminución de energía, la depresión anímica y el aletargamiento son los compañeros inevitables en los meses oscuros de todos los que hemos elegido vivir aquí. Para los que os gustan los datos concretos, sabed que la falta de luz se relaciona principalmente con una deficiencia de vitamina D y melatonina. Sin deseo de alarmismo, este par es el responsable de retrasar la oxidación de las células (es decir, de ralentizar el proceso de envejecimiento), de estimular el sistema inmunológico y de la síntesis de otras hormonas cuya deficiencia puede provocar migrañas, trastornos afectivos, trastornos del sueño y trastornos cognitivos (falta de concentración, problemas de memoria). Vamos, que la creatividad se queda tiritando.
 
Los fríos de bajo cero
Salir a la calle a menos 10 grados (que es una temperatura muy prudente en el cénit del invierno berlinés) implica que la actividad metabólica se dispara. Cuando el cuerpo considera que no puede manejar ese frío, tensa los músculos en un intento obstinado por producir calor. Si es necesario llegará a tiritar, lo que supone multiplicar casi por veinte el metabolismo de los músculos implicados. Claro, siendo así, ir a la boca de metro más cercana es una empresa ambiciosa que requiere para muchos el grueso de nuestros recursos energéticos.
Otro fenómeno que he descubierto en Berlín es “el síndrome de la rodilla de cristal”. La sensación de frío es tal, y la contracción muscular general tan fuerte, que cuando ves que se escapa el tram a apenas 20 metros de ti, ni te planteas la opción de correr para cogerlo. Sientes que, un paso brusco en falso, y tu articulación estallará como si fuera de cristal.
Un tercer factor se une a los precedentes. Según un sencillo principio físico se sabe que cuanto menor sea la superficie del cuerpo, menor calor puede escapar al exterior. Así que intentamos concentrarnos inconscientemente lo más posible. Y así es como entramos en ese modo que portaremos durante varios meses: empequeñecidos, contraídos muscularmente, rígidos y acalambrados.
 
El yugo de la vestimenta
El atuendo más popular para el invierno de Berlín es modelo cebolla. Mínimo cuatro capas desde la más interior al último forro polar. Nuestro espectro de movilidad queda considerablemente reducido. He observado que muchas veces estirar la espalda y abrir los hombros es literalmente imposible. Al ponernos el abrigo para salir a la calle, la sensación es de armadura medieval. Protege pero limita.
 
La falta de movimiento y aire libre
La consecuencia lógica de los puntos ya expuestos es que no se está al aire libre más de media hora. Felicidades a los que lográis salir y desafiar al frío para pasear un par de horas o practicar algún deporte. Mientras, los demás ven como su capacidad cardiorespiratoria es cada vez más parecida a la de un ratón.
Uno entonces no realiza los procesos energéticos necesarios de “carga y descarga”. Te cargas al oxigenar tus pulmones, al recibir la luz solar, al concentrar tu energía en una actividad no intelectual, al elevar tu nivel de endorfinas como consecuencia del movimiento y la posterior relajación muscular. La descarga se realiza a través de la liberación de tensión muscular mediante el movimiento, al eliminar toxinas, desfogar agresividad, y al limpiar los pulmones respirando aeróbicamente.
Afortunadamente, siempre queda la opción de ir a bailar.
 
Las tardes de sofá
Nunca pensé que incluiría este punto en una enumeración de inconvenientes. Pero analicémoslo en profundidad. No siempre que nos sentamos en un sofá o sillón aprovechamos plenamente sus posibilidades de confort. Nos sentamos con el cuello tronchado para leer, o condicionamos nuestra postura al uso del ordenador que es el que manda, o simplemente más que tumbarnos parece que nos hemos caído en el sofá desde un cuarto piso. ¡Oye, y ni nos enteramos!
Si nos decidimos a salir tal vez acudamos a uno de estos bares tan típicos de Berlín con los muebles “vintage”, mesitas bajas y silloncitos tapizados de ayer. La apariencia es todo confort. Luego te das cuenta que el plato esta demasiado lejos de la mano, y que además no oyes nada de lo que dice tu interlocutor. Total, acabas sentado en el filo del asiento, encorvado y en tensión. Es curioso, tenemos superpoderes para aguantar así horas y no darnos cuenta que nos está matando. Que digo yo una cosa, que los bares de toda la vida con las mesas altas no son tan cucos, ¡pero qué bien que se charla, se come y se bebe!
 
Corporalmente hablando otra vida es posible
Envejecer es un proceso normal, inevitable y casi necesario. Pero no por ello vamos a rendirnos a todos los elementos que lo disparan: ya sean climáticos, económicos, culturales, sociales o afectivos. El estrés, los problemas posturales debidos a largas jornadas en la misma postura, la falta de movimiento, la falta de contacto con el propio cuerpo, son circunstanciales.
 
Instrucciones básicas para salvar el invierno:
  • Escucha tu cuerpo, él te dice cuándo has abusado de él por exceso o por defecto.
  • Al “levántate y anda”, yo añadiría un “muévete y disfruta”.
  • Busca el calor: vete a la sauna, visita los baños turcos, haz yoga a 40º o llénate la bañera.
  • Déjate tocar. El masaje es un recurso poderosamente sanador.
  • No abuses de la actividad intelectual, compleméntala con el gozo de la carne.
  • Escápate al sol, si puedes permitírtelo.
  • Haz el amor, y hazlo bien. (El mal sexo calienta, pero no cura.)
Un individuo que es sano, es más creativo, es más guapo y es más feliz.
 
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Comentarios

A cambio de todos estos

A cambio de todos estos inconvenientes este me ha ofrecido una experiencia única y fascinante: poder ir a correr y pasear por el canal! Eso me ha compensado un poco estas duras semanas que vienieron en Enero.

It's something.

Y más al Norte...

donde el sol es un disco pálido que aparece a veces por el horizonte y huye al poco rato espantado del frío reinante.
He estado en Noviembre pasado en Berlin y hacia frío, no tanto, cuatro bajo cero como mucho. Tampoco había nieve, si en Bremen donde he estado en Enero. Es paralizante pero gracias al acondicionamiento de los interiores de casas y locales se sobrelleva con bastante dignidad. Donde vivo, en el Sur de España aseguro que he pasado y paso mucho más frío que en esas tierras del Norte. De hecho ya he pillado un ...atchissssss.
Saludos y ánimo, la primavera se acerca