¿Qué integración?

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Dorada tarde de otoño en la terraza de cualquier 'kneipe' de la Maybachufer, Kreuzköln. El panorama, lleno a rebosar de berlineses de nacimiento y adopción haciendo la fotosíntesis. Tres chicas, aparentemente de fuera de Berlín, esperan a ser servidas. Se les nota nerviosas. Llevan "una hora esperando a que les pongan tres bebidas y dos platos de comida". Finalmente llega una mujer turca mayor que trabaja como camarera. "Oiga, cuándo llega nuestro pedido? Es que llevamos más de una hora...". "Es kommt noch....", dice la mujer con marcado acento turco, y una sonrisa. "Fíjate, seguro que lleva 20 años viviendo aquí y todavía no la entendemos cuándo habla alemán", la reacción de las tres niñas pijas.

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El debate se inició (artificialmente) por las descaradas declaraciones de un ya ex presidente del Bundesbank y ex miembro del partido socialdemócrata. Según Thilo Sarrazin, la mala situación socioeconómica de parte de la población de origen árabe y turco residente en Alemania demostraba que todos los turcos y alemanes residentes en Alemania tienen un menor nivel intelectual que los alemanes y otros europeos de tradición no musulmana. Palabras racistas y cargadas de frustrado odio, sin duda. Por eso el pobre Sarrazin, quien dijo que no tenía por qué pedir perdón por ser alemán, fue eliminado del sistema por el status quo de la República Federal.

Parecía que el debate moría por falta de peso. Pero de pronto, más que probablemente con la vista puesta en las próximas elecciones, la ahora en horas bajas canciller Angela Merkel, tan moderada habitualmente, nos vino a decir que el "el proyecto multicultural había fracasado". Que estaba muerto. Y su colega Seehofer, jefe de los socialbárvaros, se mordía menos la lengua y dijo que Alemania no necesitaba inmigrantes de otras culturas como la turca o la árabe. Mentira.

Alemania tiene un problema demográfico grave: su población blanca se muere lentamente, mengua por una críticamente baja tasa de natalidad. El mercado laboral alemán necesitará en los próximos años alrededor de medio millón de trabajadores extranjeros para mantener la tan laureada recuperación económica basada en la exportación. Y en parte porque la población alemana originaria no está lo suficientemente formada para cubrir esa demanda. Por tanto, no nos queda más remedio que ver en las declaraciones de parte de la clase política germana un transfondo claramente racista. 

Y sí: la sociedad alemana es, en parte, racista. Tal vez no más que otras como la española o la inglesa, pero racista. El problema no es ése, sino que los que están arriba no quieren reconocer ese racismo subyacente en la sociedad de la República. Lo tapan por lo que pasó en este país a partir de 1933 y hasta el fin de la guerra: "die deutsche Katastrophe". Y de ahí que se produzcan cortocircuitos en el sistema llamados Sarrazin o Seehofer. Conclusión: el racismo sociológico va más allá de los residuales partidos neonazis. Y, sí, está presente en el Bundestag.

Pero, amigos, antes de juzgar, antes de ver la paja en el ojo ajeno, conviene mirarse al espejo. Oficialmente, en España viven más de 113.000 alemanes. No sé cuántos de ellos son jubilados con pasta cansados de no poder hacer la fontosíntesis en su propio país que llegaron a la encementada costa mediterránea para morir bajo la luz de sol, pero sí que sé que son unos cuantos. Y esos cuantos no hacen mucho esfuerzo por integrarse: es decir, ni hablan español ni hacen el esfuerzo por hacerlo. Pero ellos no lo necesitan porque, oficialmente, no son inmigrantes, sino turistas residentes con dinero para gastar y sin necesidad de ganarse la vida. El lenguaje no es inocente. Está cargado de ideología y el uso de las palabras "inmigrante" y "turista" es un ejemplo de ello. Pura hipocresía, porque ¿de qué inmigración hablamos y de cuál no? 

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Primera hora de la mañana de cualquier día de la semana en Ostbahnhof. Un joven mochilero mexicano con cara de indio busca desorientado un tren que le lleve a Frankfurt. Dos agentes de policía, con pintas estúpidamente diligentes, se le acercan....para pedirle el pasaporte. El mochilero se lo muestra con expresión de indignada incredulidad. Los policías se van con cara de inútil satisfacción. Una chica alemana se le acerca y le pregunta por qué le pidieron el pasaporte. "Mucha inmigración, me han dicho".

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Comentarios

Grandre Andreu! Cómo

Grandre Andreu! Cómo siempre...